Hoy la solidaridad se ha enrarecido.
Detectamos dos factores que lo
provocan: por una parte la precariedad
en el empleo, que lleva a los
trabajadores, especialmente los
jóvenes, a una permanente
búsqueda de un nuevo trabajo
más seguro (que por otra
parte desaparece del mercado de
trabajo, como un dato estadístico
macroeconómico). Al no
haber seguridad en el trabajo
no es posible disponer de tiempo
libre. Además el salario
tiende a bajar y las necesidades
inducidas por el acoso del marketing
consumista a subir, produciendo
un sujeto angustiado por ganar
poder de compra. Este camino conduce
a la insolidaridad más
allá de lo inmediato. En
el mejor de los casos solidaridad
intrafamiliar pero sectaria, insolidaridad
estructural y social. Contradictoriamente
la globalización conduce
a una particularización
de las relaciones sociales.
Por otra parte, la cultura
dominante ejerce una gran influencia
a través de su gran poder
mediático cuyo resultado
es un prototipo de sujeto unidimensional,
des-socializado, reforzando a
la misma economía neoliberal.
La persona pierde su dimensión
social y se empobrece como individuo.
Queda convertido en un sujeto
dócil al sistema, fácilmente
manipulable y orientado a la obtención
de dinero. La salida que le queda
es el dinero y así abraza
el neoliberalismo sin darse cuenta
que se hunde en el cieno de la
competencia cainita y el conflicto
personal. Y cuando se
rebela y se opone al sistema,
sus primeros actos son antisociales
porque está privado de
un proyecto político.
Produce risa la actitud de ciertos
científicos sociales que
identifican esta cultura mediática
con la “sociedad de la información”,
como si fuera el gran progreso
de la humanidad, cuando lo que
se está produciendo es
un “régimen de la
desinformación” con
grandes costos sociales y personales.
La información es masiva
y agresiva, se produce de forma
abrumadoramente intensa y con
un claro contenido lesivo, dirigido
a desprestigiar, hacer daño
o mostrar paradigmas violentos.
Es pues necesario animar a los
jóvenes a la reflexión
contra este modelo, facilitándoles
medios de organización
social. Pero no menos
importante es mantener el recurso
a la contestación dentro
de los movimientos sociales, estimulando
la creatividad y abriendo vías
de organización en nuevas
formas de economía que
recuperen lo social y lo solidario.
Las organizaciones que se perfilan
como alternativas a este modelo
social y cultural dominante, deben
hacer prevalecer el valor de la
solidaridad y en lo que corresponde
a esta ONGD la solidaridad tiene
la fuerza de una percepción
global. Es imprescindible
alcanzar unos valores éticos
entre los miembros de la organización
y en sus relaciones con la sociedad,
que se desenvuelva impregnada
de la cultura y economía
alternativa que hemos señalado.
Esto exige también una
observación y una vigilancia
permanente de los aspectos de
la Administración, la transparencia
en la comunicación, la
franqueza, la profesionalidad
y la ética de una solidaridad
de clase, principios ya formulados
en el sujeto ético formulado
en el el Código
Ético (Ver “CODIGO
ETICO” en la página
de entrada de esta Web). Pero
sobre todo mantener vivo el activismo
práctico dentro de la organización
(activismo es movilización
de uno mismo, condición
para una movilización general),
invirtiendo tiempo propio en su
construcción, el estudio
e investigación de todo
cuanto nos rodea.